Entonces aparece el deseo de compartir lo descubierto. Nace la sana necesidad de hacer el camino más accesible a los otros que caminan contigo. Aparece ese impulso de gritar a los cuatro vientos que cualquier ser humano puede tener acceso a esos "días iluminados", y que es más, no sólo son días iluminados, sino una vida entera de plena presencia. Quieres que otros se unan contigo a la fiesta de la vida. Te das cuenta de cómo eras cuando tú mismo ignorabas este nuevo estado de conciencia y piensas "realmente merece la pena que otros también lo vean, lo sientan"

En una conferencia de Jose María Doria alguien levantó la mano y preguntó: ¿y qué podemos hacer cuando queremos ayudar y la persona sigue erre que erre, empeñada en seguir mal?¿Qué pasa si el otro no quiere aprender?¿Y si a pesar de todos nuestros intentos para que los demás abran los ojos no hay manera y no conseguimos que lleguen a comprender lo que queremos transmitir?
Jose María Doria dio con la clave utilizando como ejemplo un rosal. En un rosal hay rosas abiertas, ofreciendo sin miedo todo su esplendor y aroma al Universo, en cambio hay otras, que permanecen cerradas, sin llegar a florecer. A estas últimas no les ha llegado su momento. Es posible que marchiten sin haber llegado a abrirse totalmente. Este hecho no puede impedir que otras rosas sigan abriéndose (afortunadamente, los rosales cada vez florecen más). Pero lo importante, lo verdaderamente importante, es que todas en su conjunto conforman el rosal.